Pienso mucho qué conviene, qué no, cómo hacerlo, cuándo hacerlo. Pienso ventajas y desventajas. Pienso cuáles son los costos que tiene tomar cada decisión. Pienso en los otros y las otras, quienes me acompañan, quienes están cerca mío y se verán afectados o afectadas por los pasos que yo dé, por las decisiones que tome. Sumo, resto, multiplico y divido. Me tomo unos días o unas semanas para tomar mi decisión.
Creo que invariablemente, en cada decisión que tomo después de tanto pensar, me equivoco.
Pero aquí está la cuestión: lo mío no es estupidez, ¡es exceso de optimismo!.
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